martes, 22 de noviembre de 2016

PREGUNTAS
Últimamente  estoy bastante asustado. Cada día esta sensación va subiendo, sobre todo cuando me informo de las noticias que aparecen en los medios de comunicación, particularmente en la radio y más todavía en la prensa escrita que repaso diariamente. Tengo que confesar que soy el único culpable de mi estado de ánimo, porque mi mujer hace mucho tiempo que me dice con frecuencia: “Creo que no deberías  leer a diario todas esas noticias que solo te conducen a enterarte de lo mal que está el mundo”.

Es verdad que medito sobre este consejo, lleno de buena fe por su parte, pero a pesar de que alguna vez estoy al borde de hacerle caso, siempre me dejo llevar por uno de mis afanes de vida y que no es otro que la necesidad que me lleva a querer saber, querer aprender, querer conocer, no solo las noticias de los acontecimientos de cada día, sino mi verdadera pasión que es la filosofía.

Estoy seguro-todo lo seguro que se puede estar en esta vida-que hay muchas más personas que pasan por este estado de miedo. Y no me refiero a los que están en el paro, los que ven peligrar cada día más su forma de vida, los jubilados que no saben que va a ocurrir con sus pensiones, los enfermos que temen que no se les atienda en la sanidad como ha venido siendo hasta hace poco… y así una larguísima lista de motivos bien fundados, y que todos conocemos,  desde la llegada de esta crisis que no tiene visos de terminar.

Pero mi motivo particular no solo es por lo anteriormente descrito, que también, sino por lo que como digo al principio, es lo que percibo diariamente al enterarme de las noticias, y que no es otra cosa que lo que se repite con terrible frecuencia (ayer mismo la leí o escuche una veintena de veces). No quisiera pecar de pesimista, y seguro que habrá más de uno, que al leer estas líneas me acusen de ello, pero que creo que es una la de las emociones, pasiones, sentimientos o como quiera llamarse, que más daño ha hecho a la humanidad y que, ojala me equivoque, puede volver a hacer mucho mal. Me estoy refiriendo al odio.

Insisto en que puedo estar equivocado, y que mi visión no esté ajustada a la realidad. No puedo dejar de comentar las opiniones de muchas personas muy informadas, periodistas, sociólogos, pensadores, profesores, filósofos, técnicos especializados en opinión , y un largo etcétera, que aseguran que la época que actualmente vivimos es una de las más seguras y prosperas de la historia. Naturalmente que estoy de acuerdo en que ellos lo ven así y que tienen infinitas más y mejores razones que mi pobre opinión. Pero también tengo que decir que, con la frecuencia con que está apareciendo esta desgraciada palabra, no se puede negar su vigencia; insisto, solo es cuestión de prestar atención y eso está al alcance de cualquiera. Para eso existen los archivos.

Dicho todo lo anterior, querría ir al motivo de mi escrito y empezar a preguntar:

¿Cuáles son los motivos de la frecuencia de la aparición de esta palabra?  
¿Son fundados los temores de que este sentimiento nos lleve a repetir épocas tristes de la historia?
¿Deberíamos, los ciudadanos de a pie, ocuparnos de los motivos de esta situación?
¿Por lo contrario, deberíamos dejarlo solo en manos de nuestros políticos?
¿Se solucionará acudiendo a la fuerza policial, militar o similar?

Como siempre que quiero expresar mis opiniones sobre algo, procuro acudir a esos autores, a esas mentes que, para mí, tiene autoridad y procuro sacar consecuencias de sus opiniones.

Daniel Goleman, autor al que sigo con autentico placer desde que lo descubrí por su maravilloso libro “Inteligencia emocional”, nos dice en su otro título “Emociones destructivas”:
Luego vino la tragedia del 11 de septiembre de 2001 y repentinamente, nos vimos enfrentados a un vívido recordatorio de que la brutalidad calculada y masiva todavía sigue entre nosotros.
Pero, por más horribles que puedan parecer este tipo de actos, no son más que un nuevo episodio de barbarie en la corriente de crueldad alentada por el odio (la más destructiva de todas las emociones) que recorre la historia. La mayor parte del tiempo, esa barbarie permanece oculta entre los bastidores de nuestra conciencia colectiva, como una presencia ominosa, aguardando el momento propicio para irrumpir de nuevo en escena. Y esto es algo que, en mi opinión, seguirá ocurriendo una y otra vez hasta que acabemos comprendiendo las raíces del odio -y del resto de las emociones destructivas y encontremos, finalmente el modo más adecuado de mantenerlo a raya”.

Ciertamente no me lo podía poner más fácil para hacer las siguientes preguntas:

¿Cuál será el modo más adecuado de mantenerlo a raya?

¿Será necesaria la colaboración de toda la tribu, como nos dijo J.A. Marina?

Un poco más adelante, el autor, nos apunta por donde quiere conducir su libro, y ya nos apunta algo sobre cómo manejar (la más destructiva de las emociones) cuando agrega:
Pero el objetivo de nuestro encuentro no apuntaba, sin embargo, a descubrir el modo en que los impulsos destructivos del individuo acaban desembocando en una acción de masas, ni tampoco la forma en que las injusticias -objetivas o subjetivas generan ideologías que alientan el odio. Nuestro interés, muy al contrario, se centraba en un estrato mucho más fundamental que nos llevó a investigar el modo en que las emociones destructivas corroen la mente y el corazón del ser humano, y el modo de contrarrestar este rasgo tan peligroso de nuestra naturaleza colectiva”.

No exagero cuando digo que Goleman me resuelve las preguntas que me plateo con su inteligencia extraordinaria. Y digo esto porque, un poco más adelante, nos plantea lo siguiente:
“El encuentro exploró un amplio abanico de cuestiones en torno al controvertido tema de las emociones destructivas. ¿Se trata de un rasgo esencial e inmutable del legado humano? ¿Qué es lo que les confiere el poder de llevar a personas, en apariencia racionales, a incurrir en acciones de las que posteriormente se arrepienten? ¿Cuál es el papel que desempeñan en la evolución de nuestra especie? ¿Son acaso esenciales para la supervivencia? ¿Cuáles son los recursos de que disponemos para superar esta amenaza a nuestra felicidad y estabilidad personal? ¿Cuál es el grado de plasticidad del cerebro y cómo podemos orientar en una dirección más positiva los mismos sistemas neuronales que albergan los impulsos destructivos? Y, lo más importante de todo, ¿cómo podemos llegar a superar las emociones destructivas?”.

Hace unos días, con ocasión de la designación de Trump como nuevo Presidente de EEUU, hice referencia a lo que a mí me parecía que era una de las causas del triunfo de este candidato, y hacía alusión a la ignorancia. (En este punto quiero hacer una aclaración. Yo tengo dos versiones de la palabra ignorancia; una es la que se tiene por no haber tenido oportunidad de aprender lo que ignora. Esta es, como ya he dicho en otras ocasiones, la ignorancia que yo denomino “buena”, puesto que me permite seguir aprendiendo. La otra es la que defino como ignorancia querida o “mala”, y que consiste en permanecer en ella, sin querer salir y que la comparo con el fanatismo. A esta segunda es a la que me refiero en el caso de las elecciones norteamericanas)

Mira por donde Goleman hacía alusión a esta faceta emocional, diciendo lo que le había contestado el Dalai Lama en un encuentro que tuvieron ambos. Su respuesta fue:
En esa ocasión, le pregunté qué era lo que entendía por "destructivo", a lo que respondió que se refería a la visión científica de lo que los budistas denominan los Tres Venenos (el odio, el deseo y la ignorancia) agregando que, aunque resulte evidente que la visión occidental difiere de la budista, esas diferencias son, en sí mismas, sumamente significativas”.

Acogiéndome a esta frase, yo me digo: Actuemos sobre estos tres venenos y empezaremos a encontrar la solución a muchos sufrimientos de la humanidad. Para ello, también este autor nos indica caminos; uno de los cuales podría ser el de entrenar nuestro cerebro para que actuásemos con compasión. A propósito de esto nos dice:
Era como si el mismo acto de preocuparse por el bienestar de los demás hubiera aumentado su propio bienestar interno. Este descubrimiento parece corroborar científicamente la frecuente afirmación del Dalai Lama de que quien cultiva la compasión hacia todos los seres es el primero en beneficiarse de ella”.

De acuerdo con esta afirmación, creo que podíamos cumplir dos objetivos: uno, beneficiar a los demás; pero también convencer al “yo egoísta” que todos llevamos dentro, de activar esta emoción positiva, puesto que saldríamos beneficiados al ejercitarla.

Para reafirmar la bondad de la compasión, añado unas opiniones sacadas de uno de los libros de un autor para mi muy querido; hablo de Comte-Sponville y su obra “Pequeño tratado de grandes virtudes”. En el capítulo dedicado a la compasión dice:
“La compasión es un sentimiento y, como tal, se siente o no se siente, no se manda. Por esta razón, como nos recuerda Kant, no es susceptible de ser un deber. Sin embargo, los sentimientos no son un destino que sólo puede sufrirse. El amor no se decide pero se educa. Lo mismo ocurre con la compasión: no es un deber sentirla, pero sí es un deber, explica Kant, desarrollar en uno la capacidad de sentirla. Por eso la compasión es también una virtud, es decir, un esfuerzo, una potencia y una excelencia”.

Aproximándose a lo dicho, un poco más arriba, por el Dalai Lama, el autor termina su artículo dedicado a la compasión, con una comparación entre esta y la caridad, para lo cual escribe:
“La compasión, decía yo, es la gran virtud del Oriente budista. Se sabe que la caridad-esta vez en el buen sentido del término-es la gran virtud, al menos en palabras, del Occidente cristiano. ¿Hay que elegir? ¿Para qué, si las dos no se excluyen? No obtente, si hubiera que hacerlo, creo que se podría decir lo siguiente: la caridad tendría más valor, si fuéramos capaces de ella; pero la compasión es más accesible, se le parece más (en la dulzura) y puede conducirnos a ella. ¿Quién puede estar seguro de haber conocido alguna vez un autentico impulso de caridad? En cambio, ¿Quién podría dudar de haberlo sentido de compasión? Hay que comenzar por lo más fácil, y, desgraciadamente estamos mucho mejor dotados para la tristeza que para la alegría…… Así pues, ánimo a todos u sed compasivos también con vosotros mismos.
O dicho de otra forma: el mensaje de Cristo, que es el de amor, es más exaltante, pero la lección de Buda, es más realista.
“Ama y haz lo que quieras”, o bien ten compasión y haz lo que debes”.

Yo, personalmente, aunque reconozco el valor de la frase de San Agustín, estoy más con el concepto de la lección de Buda. Sigo pensando en que tenemos que educar en el valor del deber.

Llegado a este punto, no puedo dejar de referirme a esta palabra que tanto nos dice, si la analizamos. Una vez más recurro a Comte-Sponville, y leo, en su Diccionario filosófico la entrada sobre el deber:
“El verbo señala, en primer lugar, una deuda (“debere”, en latín, deriva de “de debere”: poseer algo de alguien). El sustantivo, una obligación: ya no “tener”, sino “tener que”. La transición, entre los dos, debo en reciprocidad otra cosa. Se da ahí una estructura arcaica, cuya permanencia manifiesta el deber, en el sentido moral del término”.

Cuando se habla de dar y recibir, recuerdo un poema que, desde que lo leí por primera vez, lo tengo siempre a mano por si llega alguna ocasión en que venga a propósito leerlo; creo sinceramente que esta es una. Dice así:

RECIBIR

Jamás siento que recibo tanto
como cuando aceptas algo de mí
cuando comprendes
la alegría que siento al dártelo.

Sabes que mi ofrecimiento
no busca que estés en deuda conmigo,
sino vivir el amor que siento por ti.

Recibir con gracia
quizá sea la mayor forma de dar.
No puedo separar
una cosa de la otra.

Cuando tú me das algo,
yo te doy el recibirlo.
Cuando tomas algo de mí,
siento que soy yo quien
recibe.
Ruth Bebermeyer

Querría terminar estas líneas, citando por última vez (en esta ocasión, porque seguro que en el futuro habrá muchas más) a mi admirado autor; cito su versión del odio en su Diccionario.
Odio:”La única cosa universal-me dijo un día Bernard Kouchner-es el odio”. Regresaba de una de sus expediciones humanitarias, a lo hondo del horror y del mundo. ¿La única? Yo no iría tan lejos. Pero que el odio sea universal, en efecto,  presenta por doquier, en todas partes activo, es lo que tantas matanzas no dejan de confirmarnos. Hay que pensarlo, para intentar evitarlo o protegerse de él. ¿Qué es el odio? “Una tristeza-respondía Spinoza-acompañada por la idea de una causa exterior”. Odiar es “entristecerse por”. Ahora bien, lo que es bueno es alegría: todo odio, por definición, es malo. Es también lo que lo vuelve mortífero. El que odia, añade Spinoza, “se esfuerza por apartar y destruir la cosa que odia”: `porque prefiere la alegría, como todo el mundo, o, dicho de otro modo, por amor. Pero es un amor desdichado que desea el fracaso del otro. Por eso, todo odio, incluso justificado, es injusto”.

Mis últimas preguntas:
¿Seremos capaces de cambiar el odio por la compasión?
¿Nos marcaremos el deber de amar?
¿Escucharemos a B. Russell en el consejo que nos dio?
Entrevistaron al gran filósofo, y le preguntaron por los consejos que dejaría para las futuras generaciones; este fue uno de ellos:
“El amor es sabio, el odio es estúpido”.
Yo quiero, aunque no lo logre, llegar a ser sabio: por eso quiero amar y no odiar.

Francisco.




1 comentario:

  1. Muchísimas gracias por publicar esta interesante, profunda y atinada reflexión.
    Aquí no tengo espacio suficiente para comentar los detalles, pero te propongo que organices una reunión de nuestra comunidad filosófica para realizar un monográfico al respecto.
    Como siempre, atinas. Eres un pilar fundamental del grupo.
    Un fuerte abrazo,

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