sábado, 8 de agosto de 2015

Ana Maestre: Sobre la angustia.

ATRAVESANDO LA ANGUSTIA

ANA MAESTRE

Y yo sólo tengo dentro de mí todas las preocupaciones y miedos, vivos como serpientes: yo solo miro de continuo en su interior, solo yo sé de ellos” (Kafka)

Mi ensayo trata sobre la angustia y el miedo. Lo he elegido por una necesidad interna de poderlos comprender mejor, para intentar iluminar esa parte oscura y reveladora de nuestro ser, que colonizada por el miedo y la angustia, se queda paralizada en una vivencia opresiva e irracional. Penetrar y atravesar nuestra angustia y nuestros miedos, no con la intención de librarnos de ellos, ya que, ¿cómo sería eso posible en el ser humano?, sino de aceptarlos y escucharlos, para poder vivirlos ya desde la lúcida serenidad que nos da el comprender toda la fuerza de su vivencia. Situándonos desde una perspectiva fenomenológica, solo la plena aceptación de nuestra experiencia nos permitirá comprender y consecuentemente elevarnos sobre ella, sin dejarnos invadir ni ahogar por completo nuestro ser en la angustia.
La frase de Kafka hace referencia a esa vivencia del ser humano concreto, de carne y hueso, como diría Unamuno, que se siente solo y desvalido ante la vivencia de la angustia, de esa miedo primordial que nos muestra nuestra fragilidad y finitud. En una crisis de angustia, nos sentimos partir como si perdiéramos el contacto con el mundo, una fuerza de violencia desconocida nos transporta a otra parte, el corazón nos late a una velocidad vertiginosa. Estamos solos ante un adversario poderoso y atroz, que no nos permite responder, nos invalida y nos anula.
Voy a intentar comprender el sentido de esta angustia, tanto de la angustia existencial latente en todo ser humano, como de los miedos paralizantes y excesivos que llevan al individuo a un estado continuo de inquietud y malestar, mermando su calidad de vida y su posibilidad de realizarse, ya que la angustia acaparadora no nos deja ver más allá, nos cierra el camino y nos impide proyectarnos hacia una vida plena y con sentido. Intentar comprender la emoción del miedo y el sentimiento de la angustia, y descubrir las valiosas respuestas, comprensiones e indicaciones que la Filosofía nos ha proporcionado.
Todos vivimos en la misma realidad, pero cada uno habitamos en nuestro propio mundo. Si ese mundo interior está poblado de serpientes de angustia y miedos, habrá que hacer algo. Habrá que ser valientes y luchar contra esas serpientes, adoptar una postura más activa y preguntarnos: ¿qué puedo hacer yo con mis miedos? Quizás es hora de poner el acento en la autonomía de la persona y no solo considerarla un ser pasivo, un paciente, carente de voluntad. Ya hay corrientes en la Psicología actual que prestan más atención a los recursos positivos y capacidades del ser humano, y no sólo al hecho de considerarlo como una marioneta sometida y sacudida por sus pasiones y problemas existenciales, en el que todo el mundo necesitaría una muleta para andar. Y en este punto, la filosofía tiene mucho que enseñarnos. De hecho, la psicología y la psiquiatría se han nutrido siempre de la Filosofía y se han inspirado en ella. Por ejemplo, la filosofía estoica de Epicteto y Marco Aurelio ha sido muy influyente en Albert Ellis y su terapia racional emotiva, Jung se inspiró mucho en la filosofía gnóstica y hermética, o el influjo de la filosofía oriental sobre ciertas vertientes modernas de la psicología y la psicoterapia, como la terapia Gestalt y la psicología transpersonal, así como las terapias existenciales basadas en la filosofía existencial, como la logoterapia de Viktor Frankl o la terapia del Dasein de Binswanger. Incluso cuando las psicologías parecen no remitirse a ninguna filosofía, se sustentan siempre en una filosofía latente, en una determinada concepción del hombre. Como estudiante de Filosofía, siempre he visto que el sentido profundo de la Filosofía, lo que yo buscaba, era comprender, pero no desde la abstracción y la especulación pura, sino desde la praxis, desde un saber que me ayudase a comprender el mundo en general y así poder aplicar esa comprensión a mi vida en particular.
La filosofía como un saber sapiencial y esencial, aún más fundamental que la Psicología, nos puede dar respuestas. La aplicación de la filosofía al mejoramiento individual viene de muy antiguo. Como nos dice Pierre Hadot, la intencionalidad profunda con la que la filosofía nació fue la de ser el arte por excelencia de la vida. Ya nos decía Sócrates que una vida sin examen, sin el “Conócete a tí mismo”, no merece ser vivida.
La misma reflexión filosófica va a mostrarnos que tiene un poder transformador. Pero deberemos llevar cuidado de no frivolizar la filosofía, ya que este reconocimiento de su poder transformador no implica tomar la Filosofía como mero instrumento terapéutico. Esto sería banalizarla, ya que la Filosofía solo es genuina y fuente de comprensión y transformación profundas cuando se constituye como un fin en sí misma. La finalidad no es el bienestar al precio que sea, sino la serenidad lúcida y la libertad interior que nacen como fruto de esta comprensión. Se trata de dotar de sentido la propia vida.

Para vencer los miedos, contamos con algo muy valioso dentro de nosotros: una fortaleza del carácter, una virtud, una excelencia como diría Aristóteles: el valor, el coraje, la valentía. Y aquí necesariamente nos situamos más allá de la Psicología, ya que no simples fenómenos que se agoten en mecanismos psicológicos, sino fortalezas del alma, revelando lo más noble y digno del ser humano, su capacidad de superación.
El ser humano quiere vivir por encima del miedo y la angustia. Sabe que no puede eliminarlo, sin caer en la insensiblidad, pero quiere vivir “a pesar” de ellos. No podemos vivir sin que nuestros sentimientos nos orienten, pero no queremos vivir a merced de ellos. Para resolver esta contradicción, nos podemos dejar ayudar desde la psicología, cuya única meta es la salud, o podemos orientarnos hacia algo más grande, el bien y la nobleza. Sócrates, Platón, Aristóteles, los estoicos...no retrataban al hombre como es, sino como sería bueno que fuera.
En un tiempo en que la tendencia a psicologizar todos los problemas, la filosofía puede darnos respuestas que vayan más allá de lo descriptivo y apunten hacia el ámbito de lo normativo, hacia la superación del ser humano en algo más grande, dotado de valor y dignidad. Ante el problema planteado aquí: ¿qué podemos hacer con nuestra angustia, con nuestros miedos profundos? La filosofía nos interpela en una aspiración hacia la libertad y autosuficiencia. Veremos los diferentes análisis y respuestas situados desde la poderosa ancla del pensamiento filosófico.

LA ANGUSTIA EMANCIPADORA.

El hombre conquista su propio ser en la angustia.
La angustia en Kierkegaard y en Heidegger. Salto de fe y apertura al misterio.

En el siglo de la noche cósmica, es preciso que el abismo del mundo sea explorado y arrostrado. Mas para eso es menester que haya quienes lleguen al fondo del abismo” (Heidegger).

El primer filósofo con quien me encuentro que habla de la angustia es Kierkegaard. Su dilucidación de la angustia será proseguida por Heidegger, aunque con distinto propósito.
La angustia de la que nos hablan Kierkegaard y Heidegger no es patológica, ni es considerada como una enfermedad. Para ellos, la angustia es inherente a la existencia. Se trata de una angustia primordial y reveladora.
Aunque parezca mentira, ambos nos invitan a hacer las paces con este sentimiento, pues sólo a través de la angustia el hombre conquista su propio ser. Vamos a ver por qué.
Para empezar, ambos nos aclaran que una cosa es el miedo y otra la angustia.
Angustia es un miedo sin objeto. Por eso Heidegger nos dice que la angustia nos revela la Nada. Revela nuestra vulnerabilidad y finitud, porque la angustia es una permanente ansiedad ante una amenaza imprecisa. Todo puede ser un peligro. De ahí que Kierkegaard diga que “la angustia es la conciencia de la posibilidad”. El mero hecho de que uno tenga la posibilidad y libertad de hacer algo despierta inmensos temores, y Kierkegaard llamó a esto “mareo de libertad”.
El miedo, sin embargo, se refiere a algo determinado, concreto, mientras que el objeto de la angustia es “nada”. En la angustia la persona se relaciona consigo misma, con su propia posibilidad.
Por eso no se encuentra ninguna angustia en los animales. Los animales sienten miedo, no angustia, porque el animal, en su naturalidad, no está determinado como espíritu.
Con la angustia abre Kierkegaard su antropología, pues la investigación de la angustia sale de lo psicológico para entrar en el ámbito de lo existencial. Es el hombre concreto que vivencia la angustia y es solo a través de ella que el ser humano descubre su propia libertad como posibilidad. La angustia muestra que el ser humano es un yo enfrentado con la tarea de devenir sí mismo.
Tampoco para Heidegger la angustia (Angst) es un estado psicológico ni un “angustiarse” por algo determinado, ya que esto sería miedo (Furcht). La angustia sería el hundimiento del ente. La confirmación de este carácter revelador de la angustia se demuestra por la visión de aquello ante lo cual la existencia se había angustiado una vez que la angustia ha desaparecido: el hecho de que el objeto de la angustia no había sido nada. La angustia nos deja suspensos porque hace que se nos escape el ente. Recordemos que la diferencia ontológica consistía en no confundir el ser y el ente, y el único modo que tenemos de acercarnos a la comprensión del ser es a través de uno de los entes, que es el Dasein, el ser-ahí, el ser arrojado a la existencia. El Dasein es consciente de que brota de la Nada y de que está flotando en la Nada, y esto produce angustia, ya que esa angustia nos revela nuestra propia condición, que el ser humano es un ser- para- la- muerte. Vamos avanzando hacia la muerte pero queremos mirar hacia otro lado, queremos distraernos. Por eso nos aferramos a los entes, a la rutina del día a día, y evitamos asumir lo que somos. Aclaremos también que la Nada no es para Heidegger el contra-concepto del ente (lo que ha sido para la metafísica occidental, dada su incapacidad de trascender el pensamiento objetivista y dualista), sino que pertenece a la misma esencia del Ser. Es por lo que la Nada late en el fondo de la existencia por lo que puede sobrecogernos la extrañeza del ente. En virtud de la Nada, puede maravillarnos, no el que los entes sean esto o lo otro, sino el misterio de los misterios: que sean. Asi, la Nada no sería la negación del Ser, sino del ente; más aun, es el mismo Ser, tal y como puede ser experimentado desde el ente.
Para Heidegger, la angustia es la condición misma de una existencia temporal y finita; no sólo la agudización de un estado de inquietud y zozobra, sino lo que se encuentra siempre en el fondo del hombre cuando no se halla “distraído” entre las cosas.
Pero la angustia desemboca en caminos diferentes en ambos filósofos. En Kierkegaard, la angustia es un puente hacia la fe, es una señal de la vinculación con Dios. La fe solo surge cuando alguien está desgarrado por la angustia y la desesperación. El individuo autosuficiente y fuerte, a quien las cosas le van bien, no alcanzará la fe. Y la fe se da por un salto, como el que tuvo que hacer Abraham, que puso la obediencia a Dios por delante de las obligaciones éticas. Se elevó a Dios y lo colocó en el centro de su vida. Y el papel de la angustia será servir como parte indispensable para el salto a la fe.
En Heidegger, la angustia nos pone de modo inmediato ante la Nada, y nos deja suspensos ante la imposibilidad de todo asidero. Pero vivenciada la angustia en toda su radicalidad, aceptada en modo plenamente consciente, la referencia última a la Nada puede transmutarse alquímicamente en referencia última al Ser. El contacto con la nada puede abrir paso a la experiencia con el Ser, y esto gracias al empuje de la angustia.
Ahora voy a explicar lo que es “terapéutico” para mí en ambos autores: la reconciliación con la angustia.
Ha sido descrita universalmente (en filósofos, sabios, maestros espirituales, etc.) la experiencia en virtud de la cual cuando el hombre abandona el apoyo que antes encontraba en el ente, y experimenta su radical finitud y soledad, y lejos de negar o rehuir la experiencia de la angustia, se reconcilia con ella, y esto sería el reconciliarse con el no saber y el no dominar, entonces se puede tomar contacto con un poder y una presencia que reconoce como radicalmente suyos y le abren a una nueva vida. En ella, el ente ya no es aquello a lo que el yo se aferraba buscando refugio. Lo que era oscuridad y Nada para la conciencia objetivante, llega a ser luz. Lo que era ausencia, presencia, y lo que era velo, desvelación. Nada, ausencia, velo, que ya no se vivencian desde el sinsentido, sino desde el asombro y el misterio. El ser humano deja de tener al Ente y al Ente supremo, y de tenerse a sí mismo como referencia última, y se deja el espacio necesario para que el Ser/Nada se revele más originario que toda relación establecida en términos de sujeto/objeto. La angustia, que nos revela la Nada, ,lejos de ser el contra concepto del Ser, se patentiza como lo abierto (Lichtung) del Ser.
La angustia, tanto en Heidegger como en Kierkegaard, sería como el trampolín desde el que nos lanzamos para zambullirnos en las profundidades de nuestro ser esencial, que ya no es entendido como el “animale rationale” de la metafísica occidental, sino como aquel ser capaz de lanzarse al misterio, hacia lo innominado (Heidegger) o capaz de dar un salto de fe como único camino hacia Dios (Kierkegaard)
Puede ser que nos sintamos desbordados por la angustia y que prefiramos huir. Pero hay que reconocer que ésta nos invita a hacer un salto, a cerrar los ojos y confiar, admitir que muchas grandes decisiones, creaciones, y hondas experiencias vitales han sido producto de la angustia. Tanto Heidegger como Kierkegaard nos muestran que el problema no sería la angustia, sino nuestra incapacidad de aliarnos con ella, ya que suprimir la angustia sería como silenciar el fundamento de nuestra libertad. Quizá no se trate tanto de deshacerse de la angustia como de aprender a hacerse cargo de ella, poniéndola, no contra uno, sino del lado de uno para aprovechar su energía emancipadora.

ENCONTRAR UN SENTIDO
La angustia existencial del sinsentido. El hombre en busca de sentido

Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las voluntades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino” (Viktor Frankl).

Podemos sentirnos angustiados como consecuencia de un exceso de elecciones. En una sociedad de la abundancia, se cree que todo se puede lograr. Esta angustia la vemos en los niños cuando se les da a elegir entre muchas opciones. Es lo que Kierkegaard llamó el“mareo de la libertad”. En el pasado, los hombres vivían con muchas menos cosas y aceptaban que no podían lograrlo todo, pero lo poco que lograban, lo disfrutaban. En cambio, en una sociedad de la abundancia, se pierde el sentido de las cosas, hay una baja tolerancia a las dificultades, y se llega al vacío existencial. Viktor Frankl nos dice que el vacío existencial es no saber cuál es mi tarea, mi misión en el mundo. Inmersos en un día a día frenético, en la civilización de la inmanencia, una civilización tecnificada que ha acentuado la deshumanización de nuestras relaciones y desestructurado la vida moral, olvidamos el horizonte del sentido, y esto nos sumerge en un sentimiento angustioso de no tener salida.
Viktor Frankl no está de acuerdo con Sartre de que haya que asumir y soportar el absoluto sinsentido de nuestras vidas. Sartre, también pensador de la angustia, considera que no existe nada ni nadie que pueda determinarnos completamente ni obligarnos, aunque existan algunos condicionamientos. Esta percepción de nuestra libertad y de la responsabilidad por nuestras elecciones es lo que nos empuja a la angustia, de la cual salimos transformando en intencionalidad consciente nuestras decisiones, trascendiéndonos en proyectos.
Para Sartre, el mundo sencillamente es, y las cosas sencillamente son, y ni uno ni otro tienen sentido más allá del que yo quiera darles. Lo que nos lleva a un sinsentido que hay que asumir, y nos puede provocar un sentimiento opresivo de no tener salida, ¿por qué? Porque no hay sentido, y el ser humano lo necesita para no caer en la desesperación. Las consideraciones de Sartre nos llevarían al vacío existencial, pues,
para Frankl, el hombre es dueño de una voluntad de sentido y se siente frustrado o vacío cuando deja de ejercerla.
Aunque el ser humano no esté libre de condiciones, ya sean de tipo biológico, psicológico o sociológico, siempre tendremos la libertad suprema, última, de elegir una actitud antes cualesquiera de las circunstancias que enfrentemos. Como reaccionamos ante condiciones que no pueden ser cambiadas depende de nosotros. Si no podemos cambiar la situación, siempre tendremos la libertad última de cambiar nuestra actitud ante esa situación. Y esto es esperanzador.

LA ANGUSTIA Y EL MIEDO PARALIZANTES

Somos puras máquinas, sentimientos, pasiones, gustos, talentos, maneras de pensar, de hablar o de andar, todo nos viene y yo no sé cómo” (Voltaire).

Ya nos lo han dicho Kierkegaard y Heidegger. El miedo se refiere a algo concreto y la angustia es un miedo sin objeto.
El miedo es una interrupción súbita del proceso de racionalización. Lo primero que sucede cuando tenemos miedo es que perdemos la capacidad de racionalizar. No podemos pensar con claridad, y nos sumimos en la angustia si no encontramos una salida natural a ese miedo. Es cuando el miedo nos paraliza inhibiendo nuestra respuesta. Cuando literalmente “perdemos la razón” poseídos por el miedo, generamos fantasías mentales e interpretaciones erróneas que desembocarán en el sentimiento de la angustia, o trastorno de ansiedad.
Habrá que diferenciar los miedos útiles de los inútiles, los miedos normales de los patológicos. La ansiedad y el miedo son funcionalmente útiles si son adecuados a la gravedad del estímulo y no anulan la capacidad de control y respuesta. Los miedos patológicos se corresponden con una alarma desmesurada, se disparan con demasiada frecuencia y con umbrales de peligrosidad muy bajos.
El miedo tiene un valor adaptativo como mecanismo preventivo contra los peligros que amenazan la supervivencia. Lo natural del miedo es vivenciar las sensaciones con independencia de la interpretación que le demos. Cuando esto no es así, es porque simplemente añadimos más miedo al miedo, echamos más leña al fuego. Lo que no es normal, es tener miedo del miedo. La angustia nos genera un sentimiento angosto de falta de aire, de ahogo, en sentirnos atrapados sin salida alguna. Es un miedo amplio, envolvente, sin percepción de un peligro concreto. Vivenciamos en el cuerpo toda una serie de sensaciones angostas, palpitaciones, opresión en el pecho, respiración entrecortada, sentimiento de falta de control, preocupaciones excesivas y recurrentes que no llegan a conclusión alguna.
Este miedo paralizante nos provoca un estrechamiento de la conciencia no dejándonos ver con claridad. Un estrechamiento corporal, el cuerpo como una vivencia opresiva. “Angustia” y “congoja” indican angostamiento, imposibilidad de respirar con amplitud. Un estrechamiento de la mente, ya que generamos un sistema equivocado de interpretación, que percibe estímulos neutros como peligrosos y una esclavitud de la atención, que está siempre pendiente de la amenaza. Y finalmente, un estrechamiento de nuestra conducta, al quedarnos paralizados, las energías se concentran en un solo objetivo, estar en alerta máxima, o en realizar rituales que nos liberan moméntaneamente de la angustia pero que nos siguen esclavizando.
La dificultad de controlar las preocupaciones es el primer aspecto que acerca la angustia a la patología. El organismo está preparado para actuar, pero o actúa, porque la persona se enroca en la angustia, en la inacción, en la rumia y en los planes sin conclusión. El angustioso no se ocupa, sino que se pre-ocupa.
Un primer paso para salir de esta espiral de pensamientos angustiosos será el “darse cuenta”. De manera fenomenológica, atenernos a la vivencia tal y como ella se nos presenta, sin añadir interpretaciones distorsionantes que puedan derivar en un angustiarse “sin razón”. Atenernos a lo dado a la conciencia, sin juzgar, es un primer paso terapéutico para no dejarlos sucumbir por la angustia.
Darnos cuenta del mecanismo de cómo actúan nuestros miedos. Observaremos que la ansiedad es un sentimiento a la búsqueda continua de objeto, lo que crea una espiral sin fin. Mientras que el miedo permite enfrentarse o huir, la angustia se encierra en un permanente dar vueltas. Tener claro los mecanismos de la angustia, es un primer paso para poder amortigar su fuerza y no sentirnos sobrepasados en angustias.
En este proceso del darnos cuenta, podremos desenmascarar las creencias que sostienen y alimentan este exceso de pre-ocupaciones, y poner el acento en la acción. Como dice el psicólogo americano y creador de la terapia racional emotiva Albert Ellis, “cuantas más acciones emprenda en relación con mis temores, menos tiempo y energías malgastaré obsesionándome con ellos”. Hay que sacudirse y salir de la pasividad.
¿Y cuáles son esas creencias? ¿por qué unas personas las tienen más o menos que otras? Podríamos hablar de una personalidad vulnerable a la ansiedad. Todos, al nacer, heredamos una génetica, el peculiar reparto de cartas que nos ha correspondido al comenzar el juego de la vida. Podemos tener ya, una propensión a la angustia. Pero no quiere decir que estemos determinados ni condicionados solo por esta herencia, ya que contamos con el carácter, formado por nuestros hábitos, y con la personalidad que elegimos devenir día a día, el modo cómo enfrentamos el carácter y jugamos nuestras cartas. Incluye el proyecto vital y el sistema de valores que permite enfrentarse a las dificultades.
Se puede nacer ya con una predisposición génetica, que se refuerza con los aprendizajes de nuestra niñez. A tener miedo se aprende. De niño se aprende a ver el mundo como previsible o imprevisible, como controlable o incontrolable, como seguro o inseguro, y a partir de ahí se construyen una serie de creencias que van o no a favorecer la aparición de la angustia. Incorporamos, sin un filtro selectivo las creencias que recibimos del entorno y de nuestros educadores.
Y si desenmascaramos esas creencias, tendremos más fuerza para afrontarlas y debilitarlas. La terapéutica estará en eliminar todas las malas interpretaciones que el sujeto hace de una realidad que simplemente es, y corregir su imagen distorsionada para devolverle la serenidad.
Y para ello, echemos una mirada hacia atrás. Muchos enfoques actuales de la psicología para tratar la angustia están basados en ideas filosóficas que tienen siglos. Vamos a recuperarlas para inspirarnos en ellas y apropiarnos de todo su poder liberador. Porque, recordemos, que la filosofía nació con una voluntad emancipadora, como maestra de vida, y sería una pena no valerse de ellas como clarificadoras del propio camino personal.


EL TRABAJO SOBRE UNO MISMO

Todo hombre puede encenderse a sí mismo una luz en la noche” (Héraclito)

La certeza de que dentro de nosotros, podemos hallar guía y refugio, de que todo hombre puede llegar a ser una luz para sí mismo. Para ello, podemos valernos de la filosofía sapiencial como fuente de enseñanzas e inspiración. De aquella filosofía que se ha constituido como arte de vida, como un ejercitarse en la sabiduría. Nos colocamos en el plano de la existencia y evitamos tomar la filosofía como mero ejercicio especulativo, ya que una cosa es la teoría filosófica y otra el filosofar como acto existencial. Llevar una vida filosófica corresponde a un orden de realidad absolutamente distinto al del discurso filosófico. Una vida filosófica es, por ejemplo, la vida de Sócrates, de Heráclito, o de Epicteto. ¿Qué me pueden aportar respecto a los miedos y la angustia estos sabios? ¿Qué camino pueden iluminar? Su ejemplo de vida. En la Antigüedad, la filosofía se presentaba como una terapéutica para curar la angustia. El diálogo socrático era un ejercicio que exigía al interlocutor ponerse en cuestión, atender a sí mismo y hacer así su alma más bella y sabia. Quizás si Sócrates nos interrogara sobre nuestros miedos y angustias descubriríamos la sinrazón de muchos de ellos y que detrás se esconden falsas creencias que nos hacen ver la vida desde unas lentes oscuras. La filosofía entendida como maestra de vida nos despierta a una comprensión transformadora que no se alcanza mediante la mera especulación o el auto-análisis, sino a través de estar totalmente presentes, de serena lucidez, de detectar nuestras erróneas maneras de pensar y actuar en nuestra vida, y acceder a un camino de sabiduría que nos permita llevar una vida más en conformidad con nuestra verdadera esencia.
En el caso concreto de la angustia y los miedos, un primer paso hacia la liberación es aceptar la totalidad de mi experiencia, no rechazarla, juzgarla o condenarla, ya que sólo su plena aceptación nos permite comprenderla y nos hace verlo todo “desde arriba”sin dejarnos que nos invada. Se trata de servirnos del método fenomenológico, el atenernos a lo dado, a la angustia o las crisis de angustia, los miedos paralizantes, y no rechazar su sensación desagradable, no negarla sino permancer en la vivencia aquí y ahora, y no evadirse de ellas, de los pensamientos, sentimientos y sensaciones reales, mediante la especulación inútil. Las psicoterapias de índole existencial, como la terapia del Dasein de Binswanger, que consideran los trastornos psicopatológicos como una alteración del ser-en-el-mundo, basándose en Heidegger, o la terapia Gestalt, llamado también terapia del “darse cuenta”, como un ejercicio de conciencia hacia la vivencia del aquí y ahora, la logoterapia o análisis existencial de Viktor Frankl, cuya terapéutica consiste en encontrar el sentido de la vida partiendo del yo inserto en su circunstancia particular, o la terapia racional emotiva de Albert Ellis, que inspirándose en la tradición estoica y en el existencialismo, pone el énfasis en las obligaciones de la vida real y en la toma de conciencia de las creencias latentes que predisponen a la angustia y la ansiedad. Hay que debilitar al miedo, y para ello hay que tirar a la basura las creencias erróneas de las que se alimenta, por ejemplo, el perfeccionismo o la tiranía de las exigencias, el“debo conseguir hacer bien todas las cosas” o el“debo ser querido y tener la aprobación de todo el mundo”, son creencias que condicionan que nos sintamos ansiosos y angustiados. Iluminar esta parte de nuestra consciencia y cambiar nuestras creencias, ya que pensamiento, sentimientos y acción se interrelacionan en un todo.
No nos hacen sufrir las cosas-dijo Epicteto-sino las ideas que tenemos acerca de las cosas”. Hay que fortalecerse, y la solución para luchar contra la angustia y el miedo es o bien disminuyendo el peligro, o bien aumentando los recursos personales. Todos estos enfoques colocan la responsabilidad sobre los hombros del individuo. Ayudar sobre la base de la filosofía práctica, sería considerar a la persona autónoma y responsable de sí misma.
Vamos, pues, a tomar conciencia, en nuestra particular situación vital, de los mecanismos que nos incapacitan para llevar una vida serena y realizada.
Una vez que hemos sido capaces de “ver”, como un testigo neutral, nuestra experiencia (nuestra angustia) y no negarla, hay que dar el salto. El percatarse de sí, sin la puesta en práctica del resultado que la conciencia ha comprendido, la actividad terapéutica ha de estar dirigida más a plasmar en el mundo aquello que se ha descubierto de sí. Y para eso hay que ser valiente, y para ser valiente primero hay que realizar acciones valientes. Sobreponernos, ponernos, como podamos, por encima de nosotros mismos. El filósofo estoico buscaba la independencia, la libertad, la fuerza, y para ello tiene que librarse del miedo. Y para conseguirlo no tiene que necesitar nada, salvo la virtud. Los estoicos, preocupados por la salud del alma, no aspiraban al bienestar psicológico, sino a la perfección moral. Y aquí ya nos situamos en una esfera más allá de la psicología, la esfera moral. La virtud capaz de realizar lo excelente es el punto donde psicología y ética se unen, los mecanismos mentales y los valores morales se unen en una conciencia del valor. Recordemos que ética viene de “ethos” que significa carácter. Así pues, es el cultivo del carácter que se impone en el camino de superación de la angustia. Y la virtud del carácter a desarrollar para vencer los miedos será la valentía.

LA VALENTÍA

No es valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo” (Nelson Mandela).

Una cosa es sentir miedo y otra es ser un cobarde. La emoción no la puedo controlar, me viene cuando me viene, como el dolor de estómago. Sin embargo, ser valiente es una acción, y podemos ser valiente sintiendo mucho miedo.
Valentía es la capacidad de no dejar de hacer algo valioso por el peligro o esfuerzo que necesita. Solo uno mismo puede curarse, solo uno mismo puede salir de su prisión. Y para ello hay que ejercitarse, realizar ejercicios espirituales, tomas de conciencia.
La liberación es la primera meta de la valentía, y tal como vemos en sabios, filósofos y maestros espirituales, puede conseguirse por diversos caminos: el que se enfrenta a la realidad, actuando con resolución, y el camino de la serenidad, no dejándose zarandear por los miedos. En ambos casos, se cultiva la valentía, pero cambia el proceder.
El sabio griego deseaba ponerse a salvo de la tiranía de las cosas. No quería que le perturbasen ni las posesiones, ni la carencia, ni los sentimientos extremos. Su meta era la serenidad de espíritu (ataraxia), la libertad interior (autarkeia) y la conciencia cósmica. Esta misma aspiración a la autosuficiencia y libertad se da en muchas filosofías orientales. Se trata de una conquista interior del espíritu, como hemos dicho antes, el cultivo de una conciencia testigo que, imperturbable, “ve” las cosas tal como son, vaciando el espíritu de toda la rumia incesante de su mente. En esta claridad de visión, el espíritu se libera de todo lo que le perturba porque ya no se identifica con ello, lo deja pasar sin aferrarse. Sin aferramiento, ya no hay sufrimiento, las emociones y los pensamientos fluyen como el río de Héraclito...
Para el otro camino, el de la acción, vamos a tomar a Aristóteles como modelo. Ya que se trata de elegir el proyecto de ser valiente, y por lo tanto de aplicarse a adquirir el carácter necesario para llevarlo a cabo.
Para Aristóteles, el carácter se forma mediante acciones, y nuestra acción puede cambiar nuestro carácter. El miedo y la angustia solamente se superan con la acción, pero no con una acción aislada, sino con un cúmulo de acciones a lo largo del tiempo, lo que genera el hábito de la valentía.
Aristóteles nos propone vencer nuestros miedos y angustias con el desarrollo de la excelencia de la valentía. Y para ello hay que reforzar nuestros hábitos. La valentía es salir de la comodidad y esforzarse en ver el cielo detrás de las nubes, en lugar de focalizarse cada uno en sus problemas. Recuperamos la areté griega, que es el conocimiento, la energía, la habilidad para hacer algo de manera excelente. La areté aumenta las posibilidades de la persona, su poder para actuar.
Y la excelencia del carácter que debemos cultivar contra nuestros miedos es la valentía.
Lo que nos enseña Aristóteles es que a ser valiente se aprende. Es practicando acciones valientes como nos convertimos en personas valientes. Lo esencial es actuar. La ética aristotélica es una invitación a la acción. Para Aristóteles, no es suficiente con decir “cuando tenga confianza, realizaré acciones valientes”, sino de empezar ya realizando acciones concretas.
Aristóteles abre un camino profundamente humano hacia la valentía: nos coge de la mano y nos invita a empezar allí dónde nos encontramos, con nuestros miedos, nuestras pasiones...En la moral que nos propone, la virtud (excelencia) no está desencarnada, sino enracinada siempre en una situación particular. Siempre es practicada por un individuo, una singularidad. Nuestras vidas son diferentes y diferentes nuestras fuerzas. Tenemos la vida cotidiana para ejercitarnos. El ser humano no puede ser feliz sino practica la virtud. La felicidad se concretiza por un arte de vivir, por el ejercicio concreto de las excelencias. Se trata de avanzar desde la experiencia de cada uno, de su cotidianidad, hacia un grado más de libertad, de excelencia, de justicia.
Y no olvidemos que somos seres sociales, animales políticos. Coger a Aristóteles como guía, es comprender que sólo podemos realizarnos plenamente en esta sociedad. Es tener el coraje de vivir juntos, para progresar en el cultivo de sí mismo, la amistad y la contemplación.
La vida cotidiana representa un terreno fabuloso para ejercitar las virtudes. Cada minuto de nuestra vida nos da la oportunidad de practicar la valentía. Hace falta mucho coraje para reinventarse día a día, renacer y avanzar con las fuerzas disponibles. Romper con una vida mecánica, abandonar los automatismos y los hábitos malsanos, y que el pensamiento lúcido ilumine nuestros actos y que nuestros actos refuercen nuestras convicciones: esto es ser valiente.

CONCLUSIÓN

La perseverancia trae ventura” (I Ching, Libro de las mutaciones).

Los seres humanos estamos constituyéndonos como seres nuevos, de la misma manera que la bailarina solo consigue serlo bailando. Éste es el lugar del carácter, de la virtud y en especial de la virtud que llamamos valentía.
Cuando una persona se concentra en un proyecto y en su realización, impone a su atención un giro salvífico. Lo importante finalmente está fuera, no dentro. La angustia, el miedo, son poderosos porque nos curvan hacia nosotros mismos, nos angostan, nos hacen estar pendientes sin tregua de los estremecimientos de nuestro corazón o nuestro cuerpo...en fin, hay que dejar de mirarse el ombligo y vaciar nuestra mente de pre-ocupaciones estériles y rumias incesantes, ya sea desde la vía de la serenidad del espíritu o desde la vía de ejercitar las excelencias desde el horizonte de la acción concreta. El valiente se escucha poco, evita escucharse sí mismo. Ser valiente es salir del propio ensimismamiento y comenzar a caminar con lo que se lleve puesto en ese momento, sin darle vueltas, simplemente caminando...
En nuestra sociedad se valora mucho el heroísmo a lo grande. Pero se necesita mucha valentía para enfrentarse a la propia cotidianidad, a los sentimientos angustiosos y el miedo que nos provocan ciertas situaciones, las enfermedades, el salir de una depresión o vencer los ataques de pánico, el ir al trabajo, el llevar una vida de pareja, la educación de los hijos...A lo largo del día nos vemos confrontados a situaciones enormemente ansiógenas. Se valora lo excepcional, lo extraordinario, pero lo más difícil es vivir los altos y bajos de la vida. Precisamente porque hay que ejercer la valentía en la vida cotidiana, en las situaciones banales...Trabajar su persona resistiendo la presión social, abanonar el individualismo, ser generoso y solidario. La valentía de ir contra sí mismo, de desobedecer a sus caprichos, de avanzar a pesar de las críticas, sin dejarse llevar por el qué dirán, o no dejar lo que se tenga que hacer porque se esté muerto de miedo...
La valentía es sobre todo no dejarse llevar a la angustia, la desesperación y el desánimo,
sino osar y resistir.
Perseverar...

BIBLIOGRAFÍA:
  • Cavallé Mónica, La sabiduría recobrada, ediciones mr, 2002
  • La sabiduría de la no-dualidad, Kairós, 2008
  • González Moisés, Introducción al pensamiento filosófico, tecnos, 2013
  • Hadot Pierre, Exercices spirituels et philosophie antique, Albin Michel, 2002
  • Qu'est-ce que la philosophie antique?, Folio essais, 1995
  • Le Point hors-serie, Nietzsche, Schopenhauer, Kierkegaard, número 15 septembre-octobre 2007
  • Marina Jose Antonio, Anatomía del miedo, Anagrama, 2006
  • Varios autores, Psicópolis, paradigmas actuales y alternativos en la psicología contemporánea, Kairós, 2015
  • Peñarrubia Francisco, Terapia Gestalt, Alianza editorial, 1998
  • Philosophie magazine, Aristote et le courage (artículo de Alexandre Jollien), octubre 2014







2 comentarios:

  1. Muchas gracias Ana por permitirme publicar en tu nombre este interesante trabajo (presentado como conclusión de tu participación en nuestro curso). Ya sabes que la reflexión filosófica debe ser compartida y así nos beneficiamos todos.

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  2. Sacudirse y salir de la pasividad... Me ha gustado mucho, gracias!

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