jueves, 12 de febrero de 2015

El erotismo.

El erotismo según Comte-Sponville.
(Extracto del capítulo 3 de us libro Ni el sexo ni la muerte. Texto para debatir en la próxima reunión).
Ni el sexo ni la muerte son lo propio del hombre. Pero solamente los humanos, parece ser, pensamos sobre los problemas que la mortalidad y la sexualidad nos plantean. De ahí las religiones y la moral, la metafísica y el erotismo.
Que erotismo y moral están relacionados (al menos tanto como metafísica y religión), es evidente. La sexualidad nos confronta con el otro, en aquello que el otro tiene de más íntimo, de más frágil, de más desnudo; yes también en la relación con el prójimo donde surge esencialmente la moral. Siempre me ha parecido cuestionable, además de difícil de pensar, que tengamos deberes para con nosotros mismos. Pero que tenemos deberes con el prójimo, o bien que no todo está permitido con respecto a los demás, es una evidencia, y es aquí donde empieza la moral. Y donde se acaba la inocencia .
Hay como un punto ciego o cegador en la sexualidad humana: es el querer apropiarse del otro como una cosa y su cuerpo, de hecho, es una cosa, aunque animada), aun cuando sepamos que no es una cosa, o que no solo es eso ni sobre todo eso (si no, no habría nada erótico en su posesión). El angelismo, en este ámbito, es tan ridículo como la demonización. ¿Condenar el sexo? Es condenarse a sí mismo, y a toda la humanidad. Pero entonces, ¿solo hay que ver en ello un agradable pasatiempo? «¿Cómo es posible -se pregunta Diderot- que un acto cuya meta es tan solemne, y al que la naturaleza nos invita con la atracción más poderosa, el más grande, el más dulce, el más inocente de los placeres se haya convertido en la fuente más fecunda de nuestra depravación y de nuestros males?» Y es que la meta, las más de las veces, no tiene nada de solemne (Diderot piensa en la procreación, pero no es esa meta, salvo excepciones, la que persiguen los amantes), y el placer, en este ámbito, no es tan inocente como parece, ya que se disfruta como de un objeto de eso mismo (el cuerpo de otro) que no puede serlo del todo. Es la verdad de la pornografía, que habita el deseo como su tentación o su criatura.

Escriban «sexo» en cualquier motor de búsqueda y vean lo que Internet les propone: casi exclusivamente sitios porno, innumerables, interminables, gratuitos o de pago, profesionales o amateurs (o que pretenden serlo), todos diferentes, todos convergentes, todos repetitivos, y por ello aún más deprimentes, para un espectador un poco refinado, al que no dejan del todo indiferente ... El sexo sin amor: ¡cómo se parece al odio¡ ¡Qué desprecio, qué brutalidad, qué violencia muchas veces, qué voluntad de deshumanizar al otro (la mujer, casi siempre), de rebajarlo, de someterlo, de humillarlo, de ensuciarlo, de envilecerlo! 
Resulta revelador del estatus tan especial de que goza la sexualidad, que se considera en la actualidad un privilegio de extraterritorialidad ética. Después de varios siglos de culpabilización del sexo, hemos entrado, desde hace varios decenios, en una fase de desculpabilización. Yo lo considero un progreso, pero un progreso en que la pornografía marca la ambivalencia... ¿Son perversiones? Quizás. Pero tan frecuentes, tan extendidas que llegan a revelar algo de la sexualidad ordinaria. 
Se ha escrito que los hombres están dispuestos a hacer cualquier cosa para hacer el amor, incluso a amar. Y que las mujeres están dispuestas a todo con tal de amar y ser amadas, incluso a hacer el amor. Es una formulación exagerada, por supuesto, pero que quizás contiene una parte de verdad. En realidad, podría ayudar a explicar el éxito de las parejas (cada parte encuentra su beneficio en ella) a la vez que su dificultad (persiste la asimetría).
Estas afirmaciones no son más que generalidades dudosas y discutibles. Y si ciertamente la discusión forma parte de los placeres de la vida. ésta, que no deja de animar nuestras cenas, muestra la parte de misterio que permanece sobre la sexualidad en general y sobre la diferencia sexual en particular. La violación, la prostitución, la pornografía, en cambio, son hechos: ningún discurso verdadero, sobre el erotismo, puede ignorar esas tres posibilidades (¡desgraciadamente, tristemente reales!), que dicen algo esencial sobre la sexualidad, en todo caso sobre la masculina. ¿Qué? Que tiene poco que ver con el amor y aunque todo amor fuera sexual, como lo quiere Freud, eso no demuestra que toda sexualidad sea amante, ni con el respeto o con la moral, sino que está relacionado con la educación, con la ley recibida e interiorizada y por tanto tampoco hay ley que no pueda ser infringida con la desviación o la transgresión. (Lean a Sade, Bataille, Pauline Réage). 
Se podría pensar también, y Freud nos invita a ello, que la perversión es el estado original de la sexualidad, a escala del individuo ("el niño, polimórficamente perverso"), cuyo carácter perverso quedaría prisionero y  del que solo escaparía, al menos parcialmente, mediante la inhibición, la sublimación o el amor. Además, el erotismo, diría yo, empieza allí donde se detiene la fisiología: cuando hacemos el amor por el placer de hacerlo, y no para concebir hijos..Una relación sexual no es verdaderamente erótica si no conlleva algo más que el coito, o, para hablar como Montaigne, «descargar sus vasos». Porque el erotismo está más relacionado con la psicología y Bataille no lo ignora y afirma que está más relacionado con el deseo que con el placer... Solo existe erotismo para la mente. Bataille, sin embargo, no aclara un aspecto decisivo, que es el papel que desempeña, dentro del erotismo, la transgresión y, por lo tanto, también la prohibición.


¿Cuál es la principal diferencia entre la sexualidad animal y la nuestra? La ley: la prohibición y, por consiguiente, también el lenguaje y es lo que nos separa de la naturaleza, definitivamente, sin hacernos salir de ella (el cuerpo basta para mantenernos dentro de ella). El erotismo se mueve dentro de esta dualidad, en ese improbable dentro-fuera que es, para cada uno de nosotros, su humanidad. Somos animales morales, lo queramos o no. Y hacer el amor, para nosotros, nunca será del todo natural. Por eso somos también animales eróticos. «La esencia del erotismo se da en la asociación inextricable del placer sensual con lo prohibido». El erotismo es «esencialmente transgresión», «infracción a las reglas de las prohibiciones». Esto explica que haya grados en el erotismo. Cuanto más grave y atrevida sea la transgresión, más erótico será el acto. El erotismo se desarrolla y se complica así, «de grado en grado», a medida que «el carácter de transgresión se acentúa».

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